Diana Navarro me lo ha dicho muchas veces últimamente: el amor es fácil, el amor no pesa, el amor no condiciona, ni resta, ni daña. Ella, que todos sabemos pasó por una “muerte metafórica” tras una relación tóxica, se ha convertido en un buen ejemplo para que intentemos no hacernos mal con las relaciones, por un lado, y para que sigamos creyendo en que es posible construir una buena pareja, por otro.
Yo, que he dejado de creer bastante en lo de los noviazgos, matrimonios y todo eso (¡cuánto llegamos a cambiar, madre mía!), me uno a Diana ahora que he visto un rayito de sol posarse cálido en mi corazón y que he comprobado cómo, cuando uno empieza a quererse, los demás empiezan a quererte también. Ya “me amo y me acepto completamente”, como afirma una de las nuevas canciones de esta malagueña a la que hace una semana disfruté de nuevo.
Aquí en Sevilla, en el Auditorio de Fibes, “la” Navarro –así se llama a ella misma cuando quiere referirse a la artista que es-, volvió a demostrar que su garganta puede hacer lo que casi nadie puede. En un concierto “in crescendo” con instantes sublimes como el de “El Perdón” o la saeta final, Diana ha dado un paso más en montaje escénico, dando rienda suelta a una faceta interpretativa que aún le tiene que dar muchas satisfacciones.
Y como todo aquel que la escucha en directo repite, su popularidad crecerá poco a poco. Más como el olivo que como la pólvora. Pacífica y con raíces profundas.

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